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miércoles, 22 de febrero de 2012

MISTERIO - EL CRIMEN DE LOS GALINDOS


                                   
                                      MILENIO 3 "EL CRIMEN DE LOS GALINDOS" 





EL CRIMEN DE LOS GALINDOS.
Son las cuatro en punto de la tarde del 22 de julio de 1975. Un sol de justicia abrasa las calles del sevillano pueblo de Paradas. El termómetro de la plaza marca 49 grados centígrados.

Carretera arriba, un viejo Seat 600 rueda lentamente, atravesando la población. Es el único sonido que turba la paz a esas intempestivas horas de siesta.

Las calles están desiertas, tan sólo un rostro humano se perfila a través de los visillos de una de las casas cuando el automóvil pasa por delante. El seiscientos, ronroneante, enfila el último tramo de la cuesta que se dirige al cortijo de Los Galindos...

Antonio Fenet, de 36 años, bracero eventual, ha terminado su jornada en el olivar y se dirige hacia el cortijo. Con el sombrero de paja calado hasta las orejas y el azadón al hombro, aspira una calada del Celtas que sujeta en la mano derecha.

Son las cuatro y media de la tarde cuando Antonio atraviesa un sembrado de girasoles, y un fuerte tufo a quemado le golpea la nariz. Efectivamente. Una gran humareda sale del cobertizo del cortijo Los Galindos. Antonio Fenet dirige sus pasos con rapidez hacia el lugar del fuego, cuyas llamaradas se elevaban ya entre los árboles.

Ahora el olor se percibe con nitidez, un fuerte olor a gasoil mezclado con otro no reconocible, desagradable, muy desagradable, que provoca ganas de vomitar al bracero. Por los alrededores no se ve ni un alma. Antonio Fenet comienza a gritar, desesperado, pero nadie le escucha. Así pasa unos minutos hasta que, afónico ya, intenta aproximarse lo más que puede, pero el calor y el humo se lo impiden; ansioso, trata de hacer algo, pero no sabe qué. 

En esto, allá a lo lejos, vislumbra unas sombras que se mueven y da la impresión que se acercan. Sí. Es un grupo de peones que, desde las fincas colindantes, han visto la espesa humareda, anuncio de incendio, y corren a ofrecer su ayuda. Antonio, nervioso, agita la mano para ser visto al mismo tiempo que les sale al encuentro...

El reloj de la iglesia de Paradas da el primer cuarto de las cinco de la tarde. Justo en ese preciso instante, Antonio Fenet y otro bracero, Antonio Escobar, entran en el cuartelillo de la Guardia Civil casi sin aliento, tal es la veloz carrera que traen desde Los Galindos.
- ¡Vengan, vengan rápido! Allí, en Los Galindos... -dice Fenet con frases entrecortadas, tanto por los nervios como por el esfuerzo realizado- Está ardiendo el cobertizo donde se encuentra la empacadora y delante de la casa del capataz hay un reguero de sangre. ¡Vengan, vengan rápido!

Mientras los dos braceros, Antonio Fenet y Antonio Escobar, dan el aviso de incendio en el cuartelillo de la Guardia Civil del pueblo sevillano de Paradas, los peones que trabajan los olivares del marqués de Grañina, de nombre Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, propietario del cortijo Los Galindos, descubren, en medio del fuego que han conseguido sofocar en uno de los laterales del cobertizo, dos cadáveres calcinados...

En ese preciso momento, el cabo de la Guardia Civil, con su arma reglamentaria, acompañado de un número de la Benemérita tricornio en mano, bajan de su Land Rover y se dirigen a la carrera hacia el lugar del siniestro.

Los jornaleros, horrorizados, señalan los cuerpos de lo que parecen dos personas, tal es el estado en que se encuentran los cadáveres carbonizados. Pero aún hay más. A uno de los peones le llama la atención un reguero de líquido rojo, ¿tal vez sangre?, que sale del cobertizo, atraviesa un pequeño patio y conduce al interior de la casa donde habita el capataz de la finca. La puerta interrumpe sus pesquisas...
- Quita de ahí muchacho –grita el cabo de la Guardia Civil al bracero, al tiempo que carga el subfusil de reglamento-, quita que hay que estar preparado para cualquier cosa.
- Mi cabo –dice el subalterno- ¿yo qué hago?
- Ponte detrás de mí y carga el arma. Voy a abrir la puerta.

Pero la manilla no gira y la puerta no se abre. El cabo, entonces, da cuatro pasos atrás, toma impulso y grita a su compañero:
- Cúbreme, cúbreme.
Nada más forzar la puerta con el hombro, se abre y al momento sale despavorido un perro que se mete entre las piernas del cabo y huye para perderse, aullando, entre los olivos.

El cabo, seguido por su subalterno y éste, a su vez, por cuatro peones que han rastreado también el reguero de sangre y han presenciado toda la acción, entran en la casa. No se oye ni el zumbido de una mosca. 



La comitiva atraviesa sigilosamente el zaguán, continúa por el comedor y llega hasta la puerta de la alcoba del matrimonio, que se encuentra cerrada por fuera con un candado. El agente de la ley no se lo piensa dos veces y descerraja tres tiros al candado, que salta por los aires hecho añicos.

En el interior del dormitorio, sobre una de las camas, está tendido el cuerpo de Juana Martín Macías, esposa del capataz del cortijo Los Galindos, Manuel Zapata Villanueva. Juana tiene la cara destrozada, irreconocible, y el cráneo aplastado brutalmente. Un gran charco de sangre rodea a la desgraciada. Ante tal escena el cabo decide pedir refuerzos, pues comprende que aquello excede de su competencia, su cometido y sus capacidades.

- Antonio, ¿viste a alguien o algo que nos ayude a entender estos crímenes? Tú fuiste el primero en llegar, tú fuiste el primero en acercarte al cobertizo... –preguntó el cabo de la Guardia Civil al bracero Antonio Fenet. 
- Es horrible –dijo Antonio –, en mi vida había visto una cosa así. ¡Pobre Juana, hay que ver cómo la ha dejado el criminal que haya sido!
Antonio Fenet se retiró a una esquina del patio para vomitar. La visión de la mujer del capataz, Juana Martín, tumbada en su propia cama con la cabeza destrozada sobre un charco de sangre, aún la tenía presente.

El traslado de los cadáveres que aparecieron carbonizados en el cobertizo resultó ser una labor muy penosa y difícil. Por algunos detalles que aún presentaban los cuerpos, que no habían sido pasto de las llamas, los peones creyeron que se podía tratar de José González Simón y de su esposa, Asunción Peralta.

La identificación no era fácil, puesto que uno de los cuerpos no tenía cabeza y el otro presentaba únicamente el tronco, desde la pelvis al omóplato. Las pruebas posteriores realizadas por el médico forense confirmaron las sospechas de los braceros.

Efectivamente, se trataba de José González, tractorista fijo de Los Galindos, de 27 años de edad y casado siete meses antes, y el de su mujer, Asunción Peralta, de 34 años, que de soltera había trabajado como temporera en la finca del marqués de Grañina. El asesino o los asesinos la habían rociado con gasoil antes de arrojar su cuerpo a las llamas.

La Guardia Civil continuó inspeccionando el terreno en busca de alguna prueba, algún detalle, cualquier cosa que les respondiera a tantos interrogantes. Eran tres cadáveres, tres asesinatos, los que tenían a la vista.

Dos coches llegaron hasta las misma puerta del cortijo Los Galindos. En uno iba el juez de paz con dos personas más. En el otro, mandaban refuerzos de Marchena, cabeza de partido judicial. 
- Así que tenemos tres muertos –dijo el cabo de la Benemérita al juez de paz y al teniente de línea de Marchena-. José Sánchez, su mujer Asunción Peralta y Juana Martín, la mujer del capataz Manuel Villalta ... que no aparece por ningún lado.

La mano despiadada que había dado muerte a las tres personas encontradas en el cortijo Los Galindos había trabajado hábilmente y no había dejado una sola huella. Estaba anocheciendo y el cabo de la Guardia Civil se acercó a un automóvil que habitualmente estaba aparcado en un ribazo muy próximo a la finca. Lo había visto allí toda la tarde pero aún no había tenido tiempo de inspeccionarlo. Y se temía lo peor.

El seiscientos color crema era propiedad de José González Jiménez, uno de los cadáveres que fue hallado en el cobertizo, carbonizado. En el asiento posterior del vehículo el suboficial de la Benemérita encontró una escopeta partida en dos. Nada más.
- ¿Alguno de vosotros sabe a quién pertenece esta escopeta? –preguntó el cabo al grupo de braceros que había reunido ante la puerta del cortijo.
- Sí señor –dijo uno de ellos-. Es la escopeta de caza de Manuel Zapata.
El asunto se iba complicando. Manuel Zapata era el capataz de la finca, que no aparecía por ninguna parte. Sin embargo, su escopeta estaba en el coche de José Jiménez. Pero nadie los había visto juntos aquel día.

Aunque ya se había hecho la oscuridad, un grupo de personas a cuyo frente iba el cabo continuaba buscando alguna cosa, algún indicio, cualquier pista, cualquier objeto que les llevase a alguna conclusión por remota que fuera.
- Aquí, aquí, venid aquí –gritó con gesto horrorizado uno de los peones de la finca Los Galindos propiedad del marqués de Grañina.
En el llamado camino de Rodales, y cubierto por un montón de paja, se hallaba el cuerpo sin vida del bracero Ramón Parrilla. Tenía cuarenta años y era tractorista eventual. Alguno de los allí presentes recordó que, por la mañana, el capataz, Manuel Zapata, le había enviado a trabajar en la linde del olivar. Parrilla había muerto a tiros, uno de ellos a bocajarro. Sus brazos, como si en el último reflejo de su vida hubiera intentado protegerse con ellos, presentaban numerosos impactos.

Eran las doce de la noche de aquel aciago 22 de julio de 1975 y la Guardia Civil se encontraba en el cortijo de Los Galindos con cuatro cadáveres, la misteriosa desaparición del capataz y sin rastro del asesino. En Manuel Zapata, hombre de confianza del marqués, empezaron a recaer las primeras sospechas de las terribles muertes. Él tenía que ser el autor de los cuatro crímenes, aunque nadie alcanzara a comprender las razones. Por eso, a la mañana siguiente se dictó contra él orden de caza y captura. El misterio no había hecho más que empezar.

Así pues, tanto la Guardia Civil como la Policía se habían encontrado con cuatro cuerpos brutalmente asesinados y ni una sola pista que les llevara a sospechar quién o quiénes habían sido los autores de la matanza. 

A pesar de no encontrar ningún móvil ni tener pruebas contra él, la Guardia Civil, presionada por los vecinos del pueblo de Paradas, consideró a Manuel Zapata Villanueva, ex legionario y ex guardia civil, capataz del cortijo Los Galindos y hombre de confianza del marqués de Grañina, supuesto culpable, aunque sólo fuera porque se había dado a la fuga.

Pero las cosas no eran tan sencillas. Ya habían transcurrido dos días desde la siniestra tragedia. El rastreo de la finca se llevaba a cabo con toda minuciosidad, palmo a palmo. Una y otra vez se rebuscaba por los mismo sitios, en rincones diferentes, más al norte, luego al sur... Diferentes grupos de personas capitaneadas siempre por un oficial de la Benemérita o un policía trabajaban incansablemente, paso a paso, en busca de algo que pudiera esclarecer el misterio... Y nada...nada... La búsqueda era infructuosa... Ni rastro del capataz ni pista alguna... Parecía que a Manuel Zapata se lo había tragado la tierra...

Lo que sí averiguó la Policía era que José González Simón (llamado en ocasiones José Gonzaléz Jiménez o bien José Jiménez), el tractorista, había ido a buscar al pueblo a su esposa, Asunción Peralta Montero, el día de autos, y juntos fueron al cortijo Los Galindos. Poco después ambos aparecerían, como se recordará, carbonizados en el cobertizo de la finca.


Efectivamente, a las cuatro de la tarde del 22 de julio, bajo un sol de justicia, el viejo seiscientos propiedad de José atravesó el pueblo de Paradas llevando a su lado a su esposa. Así lo atestiguó una pariente de Asunción, que al oir el ruido del motor en el silencio de la tarde, miró a través de los visillos y vió al matrimonio en el coche que tomó el camino del cortijo.

Y allí fueron, puesto que el automóvil se encontraba donde habitualmente lo aparcaba José. Pero la cosa era extraña porque Asunción, de 34 años, desde el día de su boda con José, 27 años, acaecida siete meses antes, no había vuelto a pisar el cortijo. Decían las malas lenguas que era por celos de su marido ya que Asunción, de soltera, había trabajado para el marqués...

El crimen de Los Galindos dio un giro de 180 grados cuando el 25 de julio, exactamente tres días después de la tragedia, apareció el cuerpo de Manuel Zapata Villanueva en avanzado estado de descomposición. Todas las esperanzas de ver concluido el misterioso caso con el capataz como asesino, se desvanecieron.

Manuel, ex legionario y ex guardia civil, fue encontrado, como su mujer Juana Martín, con el cráneo destrozado. Se supo más tarde que el contundente objeto con el que Manuel fue golpeado hasta la muerte era una biela que, curiosamente, había aparecido junto al cuerpo de su esposa. Hechas las pertinentes investigaciones forenses en el arma homicida que contenía manchas de sangre, se demostró de modo irrefutable que pertenecían a Manuel, el capataz, lo que demostró que le habían dado muerte con la susodicha biela. ¿Por qué razón se transportó el arma homicida? ¿Quién llevó la biela junto al cadáver de Juana, que apareció en la habitación de matrimonio de su vivienda? ¿Con qué fin?

Pero aún había más misterios que comenzaban a alcanzar unas proporciones desorbitadas. El cuerpo del capataz había aparecido bajo unas balas de paja...¡a escasos metros de la puerta del cortijo! Un lugar que había sido rastreado en innumerables ocasiones incluso por su propio perro... Todo, todo, era muy extraño. Y a cada paso de la investigación se rizaba más el rizo. Así sucedió cuando los forenses que participaban en el caso aseguraron que Manuel Zapata había sido el primero en morir, pese a haber sido el último cadáver en aparecer. Por tanto, el, o los, asesinos le habían transportado al lugar donde finalmente fue encontrado, a ocho metros escasos del muro del cortijo.


Dadas las proporciones del crimen, se añadieron a la investigación nuevos funcionarios de la Justicia y de la Policía. Así, se creó un numeroso grupo del que formaban parte, entre otros, el juez de paz de Paradas, don Antonio Jiménez, el juez de instrucción de Marchena, don José Calderón y el teniente coronel Cuadri, de la Guardia Civil. Un mes después se incorporaron miembros de las Brigadas de Investigación Criminal de Sevilla y de Madrid. Pero ¿por qué tardaron tanto tiempo en hacerse cargo del caso dichas Brigadas?

En resumen, cinco personas habían sido salvajemente asesinadas en el cortijo Los Galindos, término de Paradas (Sevilla), propiedad del marqués de Grañina, de nombre Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, descendiente del Gran Capitán. 

El hallazgo de los cadáveres tuvo el siguiente orden:

1. Juana Martín Macías, esposa del capataz del cortijo Los Galindos. Su cuerpo fue hallado sin vida en el dormitorio de su vivienda, aneja al cobertizo y situada dentro de la finca, con el cráneo destrozado.
2. Asunción Peralta Montero, esposa del tractorista de Los Galindos, hallada en el cobertizo carbonizada y sin cabeza.
3. José González Jiménez, tractorista, encontrado junto a su esposa en el cobertizo en las mismas circunstancias.
4.Ramón Parrilla, bracero del cortijo, cosido a balazos.
5.Manuel Zapata Villanueva, ex legionario y ex guardia civil, capataz del cortijo y hombre de confianza del marqués de Grañina, cuyo cadáver fue el último en aparecer aunque resultó el primero en morir.

Con esos datos y circunstancias, la investigación concluyó: 
Que el orden de hallazgo de los cadáveres no tenía nada que ver con el orden en que fueron asesinados. 
Que ninguna de las cinco víctimas pudo asesinar a los demás, descartándose el suicidio del último de los supervivientes. 
Que si el tractorista José González llevó a su esposa Asunción Peralta al cortijo fue por una razón de fuerza mayor. 
Que el crimen pasional estaba descartado, pese a los celos del tractorista y el posible adulterio entre Manuel Zapata, el capataz, y Asunción, esposa de aquél.

¿Quién o quiénes habían cometido los horribles crímenes? ¿Cuál era, pues, el móvil?


El pueblo de Paradas apuntaba a múltiples razones. Pero casi todos los rumores, la mayoría de las habladurías, confluían en el mismísimo marqués de Grañina, con antecedentes penales, una buena pieza al decir de muchos vecinos. A él, sotto voce, se le relacionaba con el quíntuple asesinato, supuestamente como inductor.

Pasaban los días y el misterioso crimen del cortijo Los Galindos no se resolvía, ni tenía trazas. La finca había sido rastreada palmo a palmo y no se encontró nada que aportara luz al brutal asesinato de cinco personas. 

El cortijo era magnífico. Tenía cuatrocientas hectáreas de superficie cultivable, un gran caserío de dos cuerpos con vivienda para los propietarios, un enorme patio rectangular, cuadras, garajes, báscula para vehículos pesados, muelle de carga y descarga, un taller de reparaciones de todo tipo de vehículos, un tanque subterráneo de gasoil, y todo lo relacionado con vehículos agrícolas y aparatos necesarios para mecanizar el ciclo completo de las labores del campo. La propiedad poseía olivares, plantaciones de algodón egipcio y de remolacha azucarera.

Los Galindos había pertenecido a varias familias desde que se desamortizó a la Iglesia hasta que en 1950 la adquirió Francisco Delgado Durán, de veinte años, testaferro de sus padres, Manuel Delgado Jiménez y María Durán Lázaro, vecinos de Madrid.

Dicho joven murió en Lisboa el 19 de febrero de 1969 y los padres cedieron la finca a su hija, casada con el marqués de Grañina, Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete. El marqués, por lo tanto había accedido a la hacienda Los Galindos por vía del matrimonio. Mucho título y poca plata.

Manuel Zapata, uno de los asesinados, era el capataz y empleado de confianza del marqués, de quien corrían multitud de habladurías. Tenía Manuel 59 años cuando le sorprendió la muerte. Era natural de Badajoz y su fama de hombre duro y dictatorial era conocida en los alrededores. Ya se ha dicho que fue ex guardia civil, de los de aquella época, y ex legionario.


Juana Martín, su esposa, era de Gibraleón, Huelva, y tanto sus padres como sus abuelos habían servido a los marqueses.

Por mediación de Manuel Zapata, el marqués había dotado con una buena cantidad de dinero al matrimonio formado por José Jiménez, de 27 años, y Asunción Peralta, de 34, que se había celebrado siete meses antes de la terrible matanza. Ellos fueron quienes el mismo día del crimen viajaron en el Seal 600 en cuyo interior apareció un zapato de mujer, además de una escopeta partida en dos.

Y ellos también aparecieron muertos. El tiempo transcurría y las respuestas al múltiple crimen permanecían ocultas...

Las semanas y los meses transcurrieron y el quíntuple asesinato no tenía culpables. Muchas preguntas quedaron sin respuesta: 

- ¿Por qué no se encontró el cadáver del capataz hasta 48 horas después del comienzo de su búsqueda, si estaba tan cerca?
- ¿Cómo pudo pasar al lado su propio perro sin descubrirlo?
- ¿Por qué José González fue precisamente ese día, 22 de julio de 1975, a recoger a su mujer para llevarla a Los Galindos, lugar que no había pisado en siete meses, los mismos que llevaba casada?
- ¿Por qué tardo un mes en hacerse cargo del caso la Brigada de Investigación Criminal de Sevilla?
- ¿Quién y por qué mató a esas cinco personas...?

En 1978, tres años después de las muertes, siendo desconocidos aún el o los asesinos, el escritor Alfonso Grosso publicó Los invitados, historia novelada del misterio de Los Galindos llevada al cine, en el que apuntaba un móvil que nunca se ha podido demostrar pero que resultaba verosímil. 

Grosso mantenía en su libro que los crímenes se llevaron a cabo por venganza de un grupo mafioso dedicado al tráfico de marihuana, una de cuyas plantaciones clandestinas se encontraba en el cortijo de Los Galindos.

Al parecer, un destacamento de la Legión estuvo en Paradas unos meses antes de los asesinatos y un miembro de esa unidad militar, vinculado a la organización criminal, la traicionó y no pudo llevarse a cabo una operación de tráfico de droga a gran escala.


Individuos llegados desde Tánger en un Mercedes habrían sido los sicarios que asesinaron a quienes habían cultivado la marihuana o estaban al tanto de la operación, por diversos motivos.


Lo cierto es que la Guardia Civil peinó la zona con rastreos a caballo y recorrió las tierras donde presumiblemente podría haber estado la plantación. Pero no se encontró nada parecido a la marihuana ni a cualquier otra variedad de cáñamo índico de propiedades estupefacientes.
A día de hoy, y transcurridos ya veintisiete años, todo se desconoce sobre los asesinos de las cinco personas vinculadas al cortijo Los Galindos.
Incluso ahora, con tanto tiempo de por medio, cuando vas a Paradas y preguntas por el cortijo, o por sus dueños, o por sus jornaleros, la gente agacha la cabeza y guarda silencio... El crimen sigue impune.


 Por cierto, el crimen ha prescrito. Es decir, aunque ahora se descubriera a los culpables la ley no podría hacer nada contra ellos.



CRÓNICA NEGRA

El crimen de Los Galindos

Por Francisco Pérez Abellán

El cortijo Los Galindos
Zapata, que confiadamente hablaba con el asesino, sentado en su despacho, no esperaba en modo alguno que este le agrediera con el trozo de la pieza rota de la empacadora con la que jugueteaba hacía un rato. Inesperadamente, el criminal atacó al capataz por la espalda golpeándole el cráneo hasta destrozárselo.
Por los tiempos en los que sucedió el crimen, el cortijo Los Galindos era una propiedad rentable y bien cuidada. Estaba al cargo de Manuel Zapata Villanueva, de cincuenta y nueve años, el capataz, y de su mujer, Juana Martín Marcías, de cincuenta y tres. Igualmente contaba con tractoristas y jornaleros fijos. La propiedad estaba situada a 3 kilómetros de la localidad sevillana de Paradas, entre las poblaciones de Marchena y Carmona, por la carretera llamada de El Palomar. Paradas es un típico poblado andaluz de calles limpias, muy embellecidas por sus moradores, que muy poco antes habían logrado el primer premio en un concurso convocado para galardonar a los pueblos mejor cuidados. La localidad de Paradas está situada a 500 kilómetros de Madrid y a 53 de Sevilla. El último censo que precedió al rosario de muertes que acabaría con cinco de sus vecinos fue de 10.106 habitantes.
Los Galindos era una propiedad de unas 400 hectáreas de tierra agradecida que daba buenas cosechas de trigo, cebada, girasol y aceituna. A los entonces propietarios, los marqueses de Grañina, les había llegado a través de la compra por el hermano de la marquesa, Francisco Delgado Durán, que la adquirió en 1950, cuando apenas tenía veinte años. A su muerte, ocurrida trágicamente en un accidente de automóvil en Portugal, el 19 de febrero de 1969, pasó a manos de sus padres, que la cedieron a su hija casada con Gonzalo Fernández de Córdoba y Topete, marqués de Grañina. Al cortijo se accedía por un camino de tierra rojiza que tenía algunos árboles. Al entrar, la vista se topaba al fondo con el cobertizo con balas de paja apiladas. A la izquierda estaban las viviendas, la más cercana y mejor surtida, la de los marqueses; y un poco más a la derecha, mucho más modesta, la que ocupaban el capataz y su mujer. Al otro lado del un patio cerrado con una tapia estaba la Casa de máquinas, donde se guardaban los aperos de labranza y junto a ella el granero, todo dispuesto alrededor de un patio por el que circulaban sin dificultad los tractores.
La mañana del 22 de julio de 1975, el tractorista José González, de veintisiete años, trasladó la orden de Zapata al recadero del cortijo, Antonio Fener, para que marchara al campo con los otros labradores a "acuchillar" a los pies de los pinos, lo que no era muy habitual. Quedaron en el cortijo solos Zapata, Juana y José hasta pasado el mediodía, cuando José fue requerido probablemente a instancias del asesino para ir al pueblo a recoger a su mujer, Asunción Peralta, de treinta y cuatro años, que había trabajado como temporera en Los Galindos antes de casarse. Seguramente aquel encargo tenía como objetivo aclarar algún sucedido en la finca o debatir un secreto del que Asunción participaba. Mientras José González se dirigía a su casa en su coche SEAT-600 color crema, en Los Galindos se desató la tragedia. Zapata, que confiadamente hablaba con el asesino, sentado en su despacho, no esperaba en modo alguno que este le agrediera con el trozo de la pieza rota de la empacadora con la que jugueteaba hacía un rato. Inesperadamente, el criminal atacó al capataz por la espalda golpeándole el cráneo hasta destrozárselo. Debía obedecer a un plan preconcebido porque acto seguido se dirigió en busca de Juana a la que conocía de sobra, que le había visto entrar y conversar con su marido, por lo que no podía dejarla viva. La atacó con la misma arma. Pero esta vez de frente, golpeándole el rostro varias veces hasta que le quedó aplastado, con el aspecto de una máscara de goma. El asesino no actuaba solo y así quedó patente al observar el rastro de sangre que dejó en el suelo. Primero un enorme manchón correspondiente a un cuerpo arrastrado pesadamente y después un goteo que marca cómo el cuerpo fue izado, probablemente sujeto por pies y axilas hasta ser depositado en el dormitorio, donde también dejaron la pieza de la empacadora con la que la habían matado. Al salir, los asesinos cerraron la puerta con un candado. Instantes después regresó González que venía con Asunción. Fueron recibidos por los criminales que les apuntaban con la escopeta de Zapata. Sin intercambiar apenas palabras –los crímenes se sucedieron de forma muy rápida, probablemente entre las tres y las cuatro de la tarde—, nada más salir del coche, la pareja fue empujada hacia el cobertizo. Allí fueron vilmente asesinados a tiros y golpes así como rociados de gasolina y gas-oil. En ese momento debió llegar alguien inesperado: era el tractorista Ramón Parrilla, de cuarenta años, que se había quedado sin carburante. De repente se vio encañonado por una escopeta. Trató de huir pero inmediatamente le dispararon. Se protegió con los brazos donde recibió dos descargas. Sangrando y con los brazos destrozados dejó un reguero de sangre por el itinerario de su escapada imposible, primero hacia el interior del casería y, finalmente, hacia la salida de la finca, por el camino de tierra roja. Pero no pudo ir muy lejos: en una zanja, junto a un árbol, se derrumbó herido de un disparo que le entró por la espalda. Allí caído fue rematado sin piedad. Debían de ser las cuatro de la tarde pasadas. Los asesinos cubrieron el cadáver de Parrilla con paja, siguiendo un extraño ritual que les llevó a ocultar el cuerpo de Zapata, a encerrar el de Juana con un candado, y finalmente a quemar los del matrimonio González.
Rastros de sangre en Los GalindosA las cuatro y media, una espesa columna de humo se levantaba del caserío de Los Galindos alarmando al recadero Fenet y a los otros trabajadores que corrieron hacia la casa porque pensaron que estaba ardiendo. Al llegar descubrieron la paja del cobertizo que se quemaba con extraña violencia. Se acercaron y notaron que debía estar empapada de combustible porque ardía de una forma especial. Además, de las pacas se desprendía un denso y sospechosos olor. Buscaron al capataz sin encontrarlo, pero en seguida vieron la sangre, casi a la vez que descubrían los cadáveres consumidos del matrimonio González. Ni siquiera podían imaginar que eran ellos. Inmediatamente fueron al pueblo a dar aviso a la Guardia Civil. El comandante del puesto, un cabo, acompañado de un número, se desplazó al cordel puesto, un cabo, acompañado de un número, se desplazó al cortijo donde pudo comprobar el extraño caso que se le presentaba. Tras recorrer las dependencias de la vivienda del capataz siguiendo los rastros de sangre llegaron ante la puerta cerrada con el candado. Sin saber qué podían encontrarse al otro lado, descerrajaron el candado de un tiro. Una vez abierta la puerta se encontraron con la macabra escena de Juana tendida en la cama con el rostro aplastado. Habían mucha sangre, y ya los vecinos del pueblo, que se habían acercado en gran cantidad al saber que algo raro sucedía en Los Galindos, habían descubierto que el reguero que iba hacia fuera terminaba junto al camino de acceso, exactamente en un lugar oculto por un montón de paja. Fue suficiente trastear un poco allí para que quedara al descubierto el cadáver del tractorista Parrilla, el único que resultaba reconocible.
El crimen de Los Galindos fue un asesinato complicado, lleno de matices que no habría sido difícil de resolver si hubiera ocurrido en una gran urbe con toda clase de medios para la investigación criminal, pero en Paradas, un pueblecito desprevenido, con un pequeño cuartel de la Guardia Civil, resultaba casi imposible enfrentarse a tanta complicación. Además, los vecinos andaban toqueteándolo todo: la pieza de la empacadora que fue el arma criminal, el SEAT-600 de donde sacaron la escopeta que los asesinos habían abandonado allí tras los crímenes, las ropas y cuanto podía ser susceptible de ofrecer una pista a los investigadores. Quedaron conculcadas todas las reglas que es preciso seguir para salvar huellas y además se sacaron conclusiones precipitadas.
Tanto los vecinos como la Guardia Civil encontraron cuatro cadáveres mutilados y fríamente asesinados y echaron en falta al capataz de la finca, Manuel Zapata. No aparecía por ninguna parte. Así las cosas parecía lógico pensar que era el responsable de tanta muerte. Por eso todos los efectivos se pusieron inmediatamente a buscarlo. Mientras se había dado aviso de lo que había ocurrido a los marqueses, presentándose en seguida el marqués, Gonzalo de Córdoba, y el administrador de la finca, Antonio, su mano derecha. Pero en aquel momento lo único que importaba era encontrar a Manuel Zapata, a quien se le creía perdido en el campo, loco y armado. Aunque lo buscaron incansablemente, no lo encontraron. Peinaron la finca, revisaron las construcciones del caserío y patrullaron los alrededores sin resultado. Sorprendentemente, al llegar la oscuridad, el marqués y su administrador pasaron la noche solos en Los Galindos. Durante el día 23 se siguió buscando sin resultado. No fue hasta la mañana del 25 cuando el cuerpo de Manuel Zapata fue finalmente hallado, aparentemente en el mismo lugar donde lo habían arrojado los asesinos: detrás de la Casa de máquinas, muy cerca de la pared, en el hueco de un árbol, cubierto de paja. En un lugar imposible para estar oculto tanto tiempo. Precisamente allí había orinado entre tanta búsqueda un policía municipal de Paradas sin percatarse de que estaba el cadáver de Zapata, aunque a lo peor fue puesto allí con posterioridad. Podemos considerar casual la última muerte, la de Parrilla, pero los dos matrimonios estaban relacionados. Estos cuatro sabían algo comprometedor que se llevaron a la tumba.
Más de veinte años después, ninguna de las numerosas incógnitas que rodean el quíntuple asesinato de Los Galindos ha sido aclarada, aunque el tiempo no ha transcurrido en vano: la hipótesis policial que señalaba como autor material al tractorista José González, que según esta habría matado a los demás y se habría suicidado después, fue desmontada y desmentida. Es la única justicia que se ha hecho en el caso Los Galindos



podemos apuntar 3 líneas hipótesis, cada una de ellas con múltiples variantes distintas:

PRIMERA HIPÓTESIS.- El autor o los autores tienen una relación desconocida, y probablemente muy débil, o muy indirecta, con las víctimas. En esta hipótesis la mejor explicación de que 30 años después no se tenga identificado a ningún sospechoso nos hace pensar que todos podemos asesinar y ser asesinados impunemente siempre que no tengamos relaciones con los autores o las víctimas. Es decir, que existe el crimen perfecto en los casos sin por qué, cómo, cuándo, dónde y el qué relacionables con autores y víctimas. Se plantea un irresoluble problema criminalistico cuando el terrorismo indiscriminado en el que el terrorista no tiene un objetivo, o alguien decide matar por matar sin beneficio ni motivo. 



SEGUNDA HIPÓTESIS.- Que el autor sea también una víctima, es decir, que se suicidase intentando además enmascarar su autoría.  Esa es la hipótesis del fiscal-jefe del caso de los Galindos, ya jubilado, Alfredo Flores, pero si es fuera así, probablemente ya nunca pueda ser confirmada y quedará en la incertidumbre de los casos no resueltos en los que el asesino se lleva consigo todas las pistas, indicios y datos necesarios para resolver el caso.



TERCERA HIPÓTESIS.- Posiblemente la más aterradora de todas, en la que el autor o autores conocerían los medios de investigación, y peor aún, que hubieran interferido en la investigación. Todos los crímenes policiales son muy difíciles de investigar, porque el investigado se sabe investigado, y tiene poder y oportunidad de investigar, despistar, coaccionar o eliminar a quien le investigue. Son los llamados delitos de inteligencia, que suelen quedar en la impunidad, porque mientras mantengan el control de los medios de investigación podrán impedir que ésta avance. En todos los casos no resueltos, incluyendo los de desaparecidos, siempre cabe la posibilidad de que el auténtico delito sea el de quien debería esclarecerlo. 



Hasta donde hemos podido conocer, no existe ningún dato cierto y confirmado que sea contradictorio con ninguna de las 3 hipótesis anteriores. Es posible que exista alguna otra que me gustaría mucho poder analizar con otros expertos. El debate está abierto, y yo estoy dispuesto a revisar todas y cada una de mis hipótesis, e incluso a descartarlas si se me demuestra que alguna de ellas es imposible, y también quiero conocer otras hipótesis que yo no alcanzo a imaginar en este momento.


Algunas noticias publicadas sobre el crimen de los Galindos


El quíntuple crimen de Los Galindos cumple 30 años sin ninguna pista sobre el móvil ni sus autores
Cinco personas fueron asesinadas en el cortijo sevillano con armas distintas
Efe, Sevilla
El quíntuple crimen del cortijo sevillano de "Los Galindos", ocurrido el 22 de julio de 1975, cumple 30 años sin que el tiempo transcurrido ni la prescripción del delito, ocurrida en 1995, hayan aclarado nada sobre el móvil ni sobre sus autores. El crimen de "Los Galindos", uno de los más famosos y sangrientos de la España del siglo XX, ocurrió en una calurosa tarde de julio en un cortijo de la localidad de Paradas, distante 50 kilómetros de Sevilla, donde cinco personas fueron asesinadas con tres armas distintas.

Las víctimas fueron el capataz del cortijo, Manuel Zapata, y su esposa Juana Martín; el tractorista José González y su esposa Asunción Peralta; y el también tractorista Ramón Parrilla, todos ellos de edades comprendidas entre 30 y 60 años.

El capataz y su esposa fueron asesinados a golpes con una pieza de acero, Ramón Parrilla de disparos de escopeta, y el otro tractorista y su esposa fueron golpeados y quemados sobre un montón de paja en un cobertizo.

El día 22 de julio de 1975 fueron hallados todos los cadáveres excepto el del capataz, lo que llevó a centrar todas las sospechas sobre él hasta que tres días después su cuerpo fue encontrado en la parte trasera del cortijo, oculto bajo unas pajas, y la autopsia determinó que posiblemente fue el primero en morir.

Su esposa fue encontrada en el dormitorio de su casa, situada en una de las alas del cortijo, con regueros de sangre que indicaban que había sido transportada al menos por dos personas, y el tractorista Parrilla apareció en el camino de acceso, a unos doscientos metros de la vivienda, tras haber recibido un primer tiro en el cortijo y luego ser alcanzado y rematado al intentar huir.

A partir de ahí comenzó una exhaustiva investigación en la que hubo todo tipo de hipótesis: crimen pasional, motivo económico, reyertas y drogas, aunque ninguno llegó a reunir suficientes pruebas ni siquiera con ayuda de una exhumación de los cadáveres realizada ocho años después.

Alfredo Flores, ex fiscal jefe de Sevilla que se jubiló hace unos meses, destacó en su despedida ante la prensa que este caso fue uno de los más llamativos de su carrera y dijo que, pese a todas las hipótesis posteriores, "la versión que más me cuadra fue la primera de un crimen pasional" cometido por uno de los hombres fallecidos.

El sumario prescribió en 1995 al haber transcurrido veinte años, tal como prevé el Código Penal, por lo que incluso si el autor o autores confesasen ahora, lo que no ha ocurrido, no podrían ser juzgados ni condenados.

El crimen ha dado lugar a cientos de artículos periodísticos, a varios libros como los de Alfonso Grosso y el periodista sevillano Francisco Gil Chaparro, y a una película protagonizada por Lola Flores.

Gil Chaparro, el periodista que más sabe en Sevilla sobre el crimen después de años de investigaciones, define el suceso como "el más sobrecogedor de la España negra" pero también "el más burdo y perfecto".


 


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